miércoles, 4 de noviembre de 2009

Ni titulo


Me estire sobre el piso, como era natural , el silencio escandaloso dejaba percibir el pulso del alma que se estaba extinguiendo y solo se dilataría unos sollozos más.
Alrededor había contado como veinte
barrotes de acero, el piso estaba impasible y dejaba traspasar la humedad de la tierra.

Las noches eran solo esperar el alba, el día era solo esperar la oscuridad; esperaba desesperadamente solo veía la respiración, aunque mantenía los ojos clavados en la pared y podía oír los pensamientos caminando por mi mente.
Se encontraban ahí como siempre los del otro lado. Observando silenciosamente, las manos le calaban y en sus ojos danzaba una sensación de desierto pero sin embargo me tenía ahí y estábamos quedando sin cuerpos, porque la anestesia de la idea nos invadía por toda la piel.
Me tenía esposado con dos palabras que no recuerdo porque no pude entender, las letras ya estaban con la enfermedad y habían expirado, como la cuenta de nuestros días.
A pesar de lo dictaminado por el tribunal, nada importaba más que acabar con el fin, y dormir un poco por las noches. Le daba razón a la cárcel porque la cólera se sentía igual de los dos lados.

2 comentarios:

La oveja mecánica dijo...

Fue una de las mejores cosas que leí de usted. Mi querida escritora, nunca deje.

Anónimo dijo...

Un escrito buenísimo. Me ha encantado.